Adiós al llano; bienvenido el campeonato

Después del verano de 1975, cuando me quedé con las ganas de participar en una liga infantil organizada que se instaló por unas semanas en el llano que estaba junto a mi casa, vino lo más triste. La mancha urbana se comió como un monstruo implacable ese lote baldío que tantas satisfacciones nos dio a chicos y grandes de Esperanza, Sonora, durante muchos años.

La primera “mordida” fue a la esquina del jardín derecho. Un domingo llegaron los peloteros para su juego de primera fuerza y se encontraron con la novedad de que empezaban a cercar esa área. Como quiera hubo juego, tratando de evitar los barrotes que servirían después como la cerca de esa casa.

El fin era inevitable. Pronto comenzarían a delimitar toda la zona y las casas surgirían como la hierba que crece cuando acaba de llover en primavera.

Fue un golpe muy duro, como cuando te ponchan sin tirarle y además el lanzamiento está fuera de la zona de strike, pero el ampáyer levanta la mano derecha con rigor y también grita de una manera salvaje mandándote a la banca sin que nada puedas hacer.

No recuerdo si lloré, pero estoy seguro que mi corazón sufrió una herida imborrable. Y ahora ¿dónde jugaremos beisbol?

La solución llegó pronto porque la Escuela Técnica Agropecuaria número 18 (así se llamaba entonces) estrenó un campo de beisbol en Cócorit, como a cuatro kilómetros de mi casa.

¿Se imaginan? Antes salía de mi casa y estaba en el terreno de juego, ahora tendría que caminar un gran tramo para poder ver beisbol de primera fuerza.

Ni modo.

Y así fue, cada domingo emprendía la caminata por las calles de Esperanza, pasaba el puente del canal alto (peligroso por angosto) y llegaba a la agropecuaria, como le decíamos. En esos tiempos eran campo de cultivo donde se sembraba sorgo y trigo.

La ETA # 18 gozaba lo que otras escuelas secundarias de esa época no tenían: canchas deportivas. Había cuatro de basquetbol (que se adaptaban a voleibol), un campo de futbol y el diamante de beisbol.

Me tocó la inauguración de aquel campo de tierra oscura, con sus gradas centrales muy bien protegidas para los foules, dos casetas con techo y una barda de madera. Todo estaba pintado color verde claro. Se respiraba el olor del campo y de una nueva opción para hacer ejercicio.

Para esa temporada ya estaba Pablo Minjares en el equipo. Luego de su participación en el beisbol profesional (llegó hasta la Liga Central) era pieza importante en el equipo, que ese 1976 vivió su mejor momento.

Mi tío jugaba el jardín izquierdo y era tercero en el line up. Bateador de líneas, era de los mejores de la liga en porcentaje, rápido en las bases, buen guante y muy inteligente para jugar. Yo lo acompañaba a los partidos y estaba muy orgulloso de él. Entre inning e inning le cuidaba el guante y estaba al pendiente de su desempeño.

Su guante era grande, de un color amarillo mostaza matizado por el sudor y la tierra de cada batalla. Aquella vez del título, Esperanza usó un uniforme muy parecido al de los Naranjeros de Hermosillo. El jersey era naranja con mangas blancas y el pantalón blanco con rayas anaranjadas. Las letras en el pecho eran negras y el número también.

Se jugaban dos partidos por domingo y eso significaba que yo caminaba cuatro kilómetros para llegar, cuatro de regreso para comer y otros cuatro para el segundo juego. Si tenía un poco de suerte encontraba en la tarde un “aventón” a casa. Algunas veces me acompañó mi hermano Samuel, en la mayoría de las ocasiones iba yo solo.

El resto de aquel equipo histórico tenía en el jardín central a Carlos Castro y no recuerdo al derecho. Aureliano “Nano” Rodríguez era un cátcher jonronero, “El Muelitas” López en tercera, Chuy Rodríguez Jr. En el short y tampoco recuerdo al segunda base. Los caballitos de batalla en la loma eran el derecho Alfonso Armenta y el zurdo Bermúdez. Para la final se escogieron dos refuerzos y estoy casi seguro que uno de ellos fue Juan de Dios Gastélum, papá del actual manager de los Diablos Rojos y Yaquis de Cd. Obregón.

El mejor equipo que ha tenido Esperanza en su historia... Y contando.

Era 1976, yo estaba en primero de secundaria y en la radio de escuchaban los primeros éxitos de Elton John; ya estaban consolidados los Bee Gees, Abba, surgió el romanticismo de la banda Chicago y el show medicinal del Docto Hook. En castellano llegó la invasión española con Camilo Sesto, Pablo Abraira, José Luis Perales, Mocedades. También estaban de moda Miguel Gallardo con su éxito “Hoy tengo ganas de ti” y Roberto Carlos con su gato en la oscuridad y muchas más.

¿LIGA DE VERANO EN LA LMP?

Luego del campeonato de Esperanza en la fuerte Liga Alfonso Robinson Bours, conquistado en los primeros meses de 1976, vino algo nunca visto: la Liga Mexicana del Pacífico realizó la única temporada de verano en su historia.

Participaron los mismos equipos que juegan en invierno, pero la condición era que los jugadores no tuvieran experiencia profesional.

Los Yaquis de Ciudad Obregón quedaron en primer lugar con 28 ganados y 22 derrotas. A un juego los siguieron Navojoa, Mochis y Mazatlán. Luego Guasave a dos, Hermosillo a 3.5, Guaymas a 7.5 y Tomateros de Guamuchil (no de Culiacán) a ocho de distancia.

A la final llegaron Mochis y Obregón, jugando una serie a ganar dos de tres y los cajemenses se llevaron el título. Todavía recuerdo aquel parque Tomás Oroz Gaytán casi vacío donde se llevó a cabo el encuentro final. Un elevado de foul a primera base, donde estaba Baltazar Valdez, fue el out 27.

De esa liga surgieron buenos peloteros como Baltazar, Jorge Enríquez, Hilario Mares, Manuel Bobadilla, todos ellos de los Yaquis y que terminaron en la LMB. Pero hubo que nunca fue profesional y que era la joya de la corona: Alfonso Armenta.

“El Fofo” fue el pitcher campeón en efectividad y despertó el interés de los Diablos Rojos del México, pero nunca concretó su firma. Armente era de Esperanza y fue también el artífice de los “paceños” en el banderín conseguido en la primera fuerza unos meses antes.

De otros equipos surgieron Ray Torres (Hermosillo), Pablo Estrada y Jorge Tellaeche (Guaymas), Cosme Bernal, Porfirio Gutiérrez y Ventura Quiñones (Guasave) y Herminio Saiz (Tomateros).

A pesar del buen nivel exhibido y la muestra del gran semillero que es la región de Sonora, Sinaloa, la liga de verano no volvió jamás.

#hitazo

(Este es la quinta entrega de una serie).

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