Mi hermano, mi maestro

Hay personas que sin querer te muestran el camino en la vida, que son tu luz y guía, aunque no te lo digan con palabras. Gente que si se aleja, la sientes cerca aunque estén a kilómetros de distancia.

Eso fue mi hermano mayor, Samuel, que desde niños abrió ante mis ojos el maravilloso mundo del beisbol, de los números y de las letras.

Yo soy tres años menor y, sin duda, siempre quise ser como él, pero sin imitarlo, más bien siguiendo enseñanzas que brotaron de él como una fuente inagotable de conocimientos.

Como lo mencioné en otro capítulo, con él conecté el primer batazo, aprendí a capturar la pelota, primero con la mano limpia y luego con un guante.

Desde que tengo conciencia de vida estuvo a mi lado, como protector por naturaleza, como lo hace un hermano mayor que respeta su primera responsabilidad en la vida familiar.

Por él tuve en mis manos la primera revista de beisbol y de futbol. Por él aprendí a conocer el rey de los deportes y tenerle un respeto en el diamante y en el cuaderno, ahí donde queda la marca indeleble de las grandes historias.

Samuel era ingenioso. Siempre estaba creando algo para entretener a sus hermanos menores, que en su infancia y adolescencia llegamos a ser tres: Héctor, Dalia y Margarita. A Saúl ya no le tocó, porque es el menor y hay una distancia de 10 años entre ellos.

Siempre fue el primero en su clase, lo veía obtener los diplomas en la escuela primaria y quería ser como él. Para los maestros era un alumno ejemplar. Serio y capaz. Líder de grupo y agradable al trato.

En casa también era serio, pensativo. Yo era siempre ese motor que lo apresuraba a hacer cosas, a mantenernos divertidos con competencias, concursos de poesía, de canciones, de deporte. El que esperaba que el sol se pusiera en el poniente para salir a jugar.

Recuerdo cómo a las figuras de plástico que venían de premio en los cereales o a los monos que nos compraban los bautizaba con un nombre. Y con ese nombre les otorgaba cualidades deportivas.

Por ejemplo, Egiptian era pitcher, de buen control, lanzaba muchas entradas y valía la pena tener en nuestros equipos. Súlube también era lanzador, pero con menor calidad. Y así, hasta que formábamos conjuntos deportivos y los poníamos a jugar con todo y su box score. Había estadísticas y toda la cosa. Unos dados nos servían para determinar el resultado de cada turno al bat.

Cuando íbamos a los campos llaneros a ver juegos de primera fuerza, nos sentábamos con el anotador para estar al pendiente de la actuación de cada jugador, poniendo atención en los símbolos y las decisiones.

En el barrio era querido. Nunca peleaba, siempre imponía respeto a la hora de las discusiones de un partido callejero. Por lo general jugábamos en equipos contrarios para balancear la situación. Nunca me protegió durante un encuentro, pero siempre estuvo al pendiente de que no me pasara nada. Al fin y al cabo yo era el hermano menor y su responsabilidad ante mis padres.

Nunca me dijo “te quiero”, pero no había necesidad. Yo lo sabía. Tampoco yo se lo dije, pero creo que estaba de más. Siempre iba tras de él, escuchando con atención y tratando de no hacerlo quedar mal ante sus amigos.

Fueron épicas las batallas que uno a uno sostuvimos en el patio de la casa, solos, con una pelota de hule y un bat de palo de escoba. Ante la diferencia de fuerzas, a veces me dejaba ganar. Yo lo sabía, pero de todos modos me llenaba de orgullo vencerlo en la pelea.

A mi abuelo Federico le gustaba el box y de vez en cuando nos pedía que nos agarráramos a catorrazos en su presencia y al ganador le daba un veinte o un cincuenta. Las cosas no llegaban a violencia, era un simple juego de niños en el que los dos salíamos con dinero para los dulces.

Para despistar y hacerle creer al mundo que éramos rivales de hueso colorado, si él decía Yaquis yo le iba a los Cañeros; si él escogía al América yo contestaba Toluca; la máscara del Santo era para él y la del Médico Asesino, mía.

Llegó la adolescencia y con ella la música. Poeta al fin, Samuel descubrió a Joan Manuel Serrat y yo se lo arrebaté de prisa, llenándome el alma con sus canciones. Como coincidencia les diré que el cantautor catalán nació un 27 de diciembre, igual que yo.

Eran los años setenta, llenos de ritmo, de avances tecnológicos. Los Beatles se desintegraron, pero los Bee Gees volverían al primer plano con Fiebre de Sábado por la Noche. A Samuel le tocó ese momento mágico de las discotecas, de cuando veíamos a Fito Girón los sábados por la noche.

John Travolta se iba al estrellato, primero con Vaselina y luego con su fiebre sabatina. Yo en casa escuchaba una y otra vez los éxitos de ABBA, de los Bee Gees, de la Beatles, de Paul McCartney y su grupo Wings. Gracias a esos discos y a los álbumes de canciones que vendían en Librolandia, aprendí algunas cosas en inglés.

Pero el lado romántico era muy importante en mi hermano. Fue así como llegó a la casa el primer disco de Emmanuel. ¡Ah, que bonitas canciones! En ese álbum había una dedicada a su hermano que un párrafo decía así:

“Y de alegrías, tengo un armario, y de recuerdos, todos mis años, y tus regaños, compañero mi hermano”.

Estaba de moda el festival OTI de donde surgieron grandes como Napoleón, Felipe Gil, María Medina y muchos más. En familia no nos perdíamos esos programas. Y en lo popular, Juan Gabriel y Rigo Tovar eran la ley en Ciudad Obregón. Tenían sus programas en la radio de una hora, con mucho rating.

Salió de la secundaria Manuel Robles Tovar y entró al Cecyt 220 de Obregón. Allí aprendió a jugar basquetbol de la mano de un ex seleccionado nacional, “El Pinocho” López. Para mí era un orgullo acompañarlo a sus partidos y ver ese uniforme rojo y amarillo mostaza que se veía tan bien. Era mi ilusión entrar a esa prepa y participar en las competencias deportivas.

Pero no se pudo. Siendo mi “coco” las matemáticas, tuve el error de escoger la especialidad de físico matemáticas en el examen y obviamente no pasé. Mi madre, preocupada por mi educación, me inscribió en la prepa México, que tenía buen nivel educativo, pero cero canchas deportivas. Ni modo. A estudiar que para eso pagaban mis colegiaturas.

Cuando mi hermano salió de la prepa me puse muy triste porque emprendió su vuelo a Monterrey. Era el tiempo de abrir las alas y buscar el futuro. Se inscribió en la Facultad de Ciencias Químicas de la UANL y yo me quedé en casa... por un corto tiempo.

Dos años después le mandé pedir información sobre universidades de Nuevo León y me mandó de tres: Derecho, Filosofía y Letras y Ciencias de la Comunicación. Las ciencias sociales era lo mío, nada que tuviera matemáticas… sólo las estadísticas del beisbol.

Ya en Monterrey, inscrito en Comunicación, me quedé a vivir con él en una casa de asistencia en la colonia Cuauhtémoc, en la calle Bugambilia. De nueva cuenta era el líder del grupo, era el joven respetado por su comportamiento.

Recuerdo que me enseñó a andar en los camiones, meter el dinero en el ánfora y agarrarse bien del pasamanos porque iban volando... nada que ver a cómo circulan en Obregón. Tomábamos el ruta 18 para ir a la colonia Nuevo Repueblo a visitar a mi prima Betty Olivas. También le gustaba mucho ir a los supermercados y pasar tiempo viendo los discos. Yo comencé a comprar todos los que encontraba de los Beatles, que eran mi pasión.

La carrera de Químico Farmacobiólogo era muy demandante. Samuel casi no estaba en la casa de asistencia. Se levantaba muy temprano, regresaba a mediodía para comer y de vuelta a la escuela. Entre clases y entrenamientos de basquetbol estaba muy ausente.

Una tarde llegué de la Facultad de Comunicación, que estaba ubicada por la avenida Manuel L. Barragán, donde ahora están los Tacos Popo´s, y lo encontré recostado en la parte baja de una litera. Era raro porque a esa hora nunca regresaba. Ese día, jugando basquetbol le habían roto la ceja de un codazo. Traía un parche en el ojo y tuve la satisfacción de ayudarle a lavarse el pelo varios días sin mojar la herida. Era lo menos que podía hacer por él y me llenó de alegría servirle en ese momento de dolor.

El gusto de estar juntos de nuevo sólo duró un año, porque mi facultad se mudó al sur de la ciudad y él se quedó en el norte. Ni modo, nuevamente era tiempo de separarnos, pero el aprendizaje había dado frutos. Yo volaba libre bajo mi propio albedrío gracias al apoyo que me brindó por años.

Me abrió las puertas de Monterrey y sin decir palabra me dijo: es tuyo, tu puedes, ve por él.

Con caminos separados ocurrió un día algo increíble.

Estaba yo jugando voleibol en la Facultad de Organización Deportiva en un torneo intramuros cuando me raspé una pierna y salí para lavarme la herida en una llave de agua. Tenía semanas sin verlo y apareció. Lo invité a jugar con nosotros ese partido y lo hizo con gusto, recordando viejos tiempos cuando en el patio de nuestros vecinos de Esperanza, Sonora, los Lara Aceves, se hacían las retas de voleibol nocturnas.

Pero eso no fue todo. Ahora jugando basquetbol, el con Ciencias Químicas y yo con Comunicación, nos tocó enfrentarnos en el gimnasio de FIME. Su equipo era un conjunto muy bien entrenado (en ese tiempo por Héctor Treviño, el hermano de Alex “Bobby” Treviño, el jugador de béisbol de grandes ligas) y nosotros apenas nos completábamos.

En el salto inicial nos pusieron a competir ¿y quién creen que ganó? ¡Pues yo! (gracias, hermano). Sabían que eran mucho mejores y por cinco minutos jugaron a medio gas, provocando la ira del técnico, quien sacó a los titulares (entre ellos mi hermano) como castigo. Para mí fue recordar los viejos tiempos cuando me dejaba ganar en el beisbol casero o a las carreras.

Al terminar su carrera tuvo que regresar a Esperanza y con el tiempo se volvió un gran maestro de preparatoria. Sus alumnos lo querían mucho y lo seguían, sobre todo sus jugadores de basquetbol, que entrenaba con cariño.

Era el 14 de septiembre de 1991 cuando la suerte quiso que se fuera. Era viernes, estaba en su casa y dos maestros pasaron por él para planear un torneo venidero. Fue la última vez que lo vieron con vida. Un fatal accidente de carretera canceló su futuro a los 31 años.

Con él se fueron todos los recuerdos, las competencias, las historias infantiles que sólo nosotros compartimos.

Lo soñé cuando recién murió, lo sigo soñando ahora, pero siempre con su juventud perene que lo acompañará hasta mi muerte.

Qué ganas de tenerlo cerca, ahora que ya peino mis canas y decirle: “gracias, hermano, me diste lo mejor de tu vida”.

#hitazo #hectorbencomo

(Cuarta entrega de una serie, memorias periodísticas de Héctor Bencomo).

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