El inolvidable verano de 1975

Corría el verano de 1975 cuando de pronto llegaron varios equipos infantiles a jugar sus partidos de manera organizada al llano que estaba junto a mi casa, en Esperanza, Sonora.

En aquellos tiempos de mis 11 años, a lo más que aspirábamos en la colonia era a reunirnos de manera informal todos los días y jugar beisbol en la calle o en el terreno baldío. No importaba cuántos años tenías o qué tan bueno eras en tu desempeño, siempre había un lugar en los conjuntos improvisados que armábamos.

Pensar en una liga pequeña organizada era casi un sueño. Escuchábamos de una “escuelita de beisbol” en Ciudad Obregón, pero eso estaba lejos y nuestras familias no tenían los recursos ni el tiempo para llevarnos.

Aprendimos a jugar en el llano, contra niños que por lo general eran mayores que nosotros, con guantes prestados, bats rotos, pelotas viejas, pero con muchas ganas.

Por eso, el verano de 1975 fue mágico. Nuevas caras que conocer, una alternativa para poder entrar a un equipo organizado, era como un sueño para mí. Uno de esos clubes se llamaba Carrier, como los aires acondicionados, el otro era Tigres de Tintorería La Moderna, los Rojos de Cócorit y uno del que no recuerdo el nombre. Tampoco estoy seguro si eran cuatro o seis, pero se ponía muy bueno el ambiente porque jugaban todos al mismo tiempo en diferentes áreas del llano.

En Carrier alineaba Alejandro Minjárez, quien unos meses después sería mi compañero en la secundaria. Con los Tigres estaban los cuates Trini y Angel Minjárez, quienes ya habían pasado a segundo año. A pesar del apellido (que coindice con el mío) no éramos familia cercana, quizás nuestros mayores venían del mismo árbol genealógico, pero nosotros ni nos conocíamos.

Lupe Cano, quien se convertiría en pelotero profesional, estaba en el conjunto del que no recuerdo su nombre. También sería parte de mi grupo, el primero “B” de la secundaria Manuel Roble Tovar. El cuarto club serían los Rojos de Cócorit, aunque no estoy seguro.

¿De dónde llegaron? ¿Por qué si eran de otro sector del pueblo vinieron a jugar al llano que estaba junto a mi casa? No lo sé. Lo importante es que estaban allí y cuando menos nos hacían el domingo más ameno cuando no había juego de primera fuerza.

En la música, Camilo Sesto, Roberto Carlos, los Terrícolas, King Clave dominaban las estaciones de radio. Pero en Ciudad Obregón, Juan Gabriel y Rigo Tovar tenían programas especiales de una hora, eran los ídolos del momento. ¿Quién no bailó con La Sirenita? ¿Quién no recuerda una serenata con las canciones del divo de Juárez?

En la televisión veíamos Mundo de Juguete, con Graciela Mauri, y algunas telenovelas venezolanas que llegaron para triunfar como La Zulianita, que era en blanco y negro. Mi padre compró un televisor de marca Majestic, nunca se me olvida ni la marca ni el lugar. La tele estaba en la sala de la casa y la veíamos en familia. Por las noches, a la hora de la cena, no nos perdíamos el Chapulín Colorado y los programas de comedia.

Por cierto, en tiempo de verano, como hace mucho calor en Sonora, esperábamos que bajara el sol y pasábamos las tarde viendo las películas del Canal 2 local. Mis preferidas eran las de Viruta y Capulina, Tin Tan, Clavillazo, Resortes. En esa misma tele vería yo mis primeras series mundiales allá por 1977. También a través de su pantalla fui testigo del mundial de Alemania 1974, a ese que México no fue porque los eliminaron en Haití. ¡maletas!

Fue tradición por algunos años que a eso de las cinco de la tarde cruzara todo el llano para llegar a la panadería de la familia Calvillo Luzanilla. Cada pieza costaba 20 centavos y mi mamá me daba tres pesos para comprar 15 panes. El dueño del local era muy amable y siempre me daba una pieza de pilón, misma que me comía en el trayecto de regreso. Rafael, el hijo del dueño, era compañero mío en la primaria.

Desde que tuve uso de razón escolar, mi mamá fue la subdirectora de la escuela Club de Golf. Ser el hijo de la maestra no era fácil, porque a veces ella nos daba clases cuando faltaba la profesora titular. Era muy raro ver a tu mamá dándote clases en la primaria. No sabía cómo decirle: ¿mamá o profe?

Como se los comenté en otro escrito, la escuela estaba junto a mi casa. Sólo una cerca de alambre las separaba. Eso nos daba unos minutos más de sueño cada mañana. Mi mamá nos levantaba, nos daba un licuado de Choco Milk con huevo y listo. Por cierto, mis primeros cuatro años de escolar fueron con el sistema que nos obligaba a ir mañana y tarde. Era horrible estar a las tres de la tarde tomando clases con el calorón de 40 grados. ¡Te daba un sueño!

En la escuela siempre fui muy tímido, a veces ni salía al recreo para no ensuciarme la ropa. Tenía que ser muy aplicado porque mis hermanos mayores lo fueron. El primer día de clases, cuando el maestro leía mi nombre, siempre decía lo mismo: “Eres hermano de Samuel, muy buen niño, muy aplicado, espero que seas como él”.

Y esa loza se carga sin chistar, así es la vida. Procuré ser muy aplicado en la escuela para que mis papás se sintieran orgullosos. Pero cuando llegaba a la casa y me quitaba la ropa escolar, me convertía en un “demonio de Tasmania”. Me liberaba y era yo mismo, peleonero con mis hermanos, curioso siempre por aprender algo nuevo, juguetón y fiel seguidor de mi hermano mayor, a quien veía como un ejemplo a seguir en todos los aspectos.

Cuando menos una vez a la quincena acompañaba a mi madre al supermercado de Ciudad Obregón. En esos tiempos había dos que dominaban el negocio. Mercado Zaragoza y Mercado Morales. Estaban junto al mercado municipal. La idea de ir de compras era sólo un pretexto porque en realidad lo que yo quería era adquirir una revista de beisbol o futbol: Hit, Súper Hit, Play Ball, Penalty, Deporte Color y otras de esas épocas.

Eran los tiempos de las fotonovelas, que mi hermana Sara traía a la casa. Me gustaban los cómics de Kalimán, Archie, El Pájaro Loco, entre otros. A los cómics les decíamos “chistes” y yo era un devorador de lectura. También me gustaba mucho leer las enciclopedias que mi mamá tenía en casa, pero sólo los cuentos infantiles y ver las ilustraciones de todo.

En Sonora la gente es muy deportista y se practican toda clase de disciplinas. Nosotros, además de jugar beisbol, también le hacíamos al futbol soccer, al voleibol y al básquet. Lo que nunca vi que se jugara fue futbol americano. Ese llegó a mi tierra en los años ochenta.

REGRESEMOS A LA LIGA INFANTIL

Volviendo al tema central que son los equipos que llegaron al llano para jugar, esa liga infantil venía con su calendario avanzado y les quedaban pocos juegos qué celebrar.

Una tarde entre semana llegaron los jugadores de Carrier a entrenar y acudí a verlos por si algo se ofrecía. Decidieron hacer un juego entre ellos al estilo de lo que nosotros llamamos “caballito” y que consiste en que se forma un equipo a la defensiva y se quedan tres o cuatro bateando. El que es dominado pasa a cubrir el jardín derecho y los demás se van recorriendo hasta que llegan a home y toman su turno a la ofensiva.

Como no eran suficientes, nos incluyeron a los “mirones” y a mí esa tarde me fue muy bien. Con el bat y con el guante les causé tan buena impresión que me dijeron que acudiera el domingo ya como parte del equipo.

Eso fue sensacional. Era el único de toda mi colonia que participaría en esa liga organizada. Sin quererlo me había convertido en la envidia de mis amigos.

Les juro que pasé esos días previos con mariposas en el estómago soñando en el ansiado día del juego. A la temporada le restaba sólo un encuentro, por lo que sería debut y despedida, pero para mí era algo así como debutar en las Ligas Mayores.

Llegó el domingo y me presenté al campo. Obviamente ellos eran un equipo compacto y como no era parte de la “palomilla” me mantuve a la expectativa y sin hacer comentarios.

Recuerdo que era una mañana despejada, ideal para jugar beisbol. De los nervios ya no sé si hacía mucho calor o no. Estaba en shock. Casi al final del partido, me llama el manager y me dice que tome un turno. Había corredor en primera y la seña fue de toque de bola. Ejecuté la petición y se logró el avance… fue mi único turno al bat. Por cierto, me mandaron a cubrir el jardín derecho.

La temporada terminó y los equipos emigraron con la promesa de volver muy pronto. Fue tanto el éxito del torneo que a la siguiente semana volvieron a practicar para mantenerse en forma.

El equipo de los Tigres de Tintorería La Moderna era un grupo muy bien entrenado. Me gustaba verlos porque hacían práctica de infield y outfield; tenían jugadas de sorpresa como el tiro del cátcher al short stop para sorprender a un corredor en tercera base si había situación de robo.

Y volvió a pasar lo mismo. Nos colamos en el entrenamiento y el manager del equipo nos pidió a mi hermano Samuel y a mí estar presentes en el siguiente juego amistoso que sería en dos días. Pancho Orduño también fue invitado.

A mis 11 años y ocho meses, me gustaba pitchear y había desarrollado un slider que mi tío Pablo me enseñó. Con eso y con la recta era suficiente para sacar los outs. Samuel, tres años mayor que yo, podía jugar cualquier posición y en esa ocasión lo pusieron de cátcher.

Fue una tarde agradable cuando se formó el duelo amistoso. Los Tigres de Tintorería La Moderna contra un combinado local.

El manager me dio la pelota y me dijo: “vamos a ver cómo te va”.

Me sentí muy bien, seguro porque el cátcher era mi hermano y porque la defensiva del equipo era muy buena.

Las cosas salieron bien. Seguí el juego que me marcó Samuel. Una recta por aquí, un slider por allá, una pegada, otra afuera. Luego de cinco entradas teníamos una ventaja importante y fue suficiente. Al final del juego el manager nos dijo que le lleváramos nuestras actas de nacimiento a su casa porque nos registraría en el equipo.

Así lo hice, llevé la papelería y comencé a soñar de nuevo con la gloria del diamante. Los éxitos, jugar para un buen equipo y que mis papás se sintieran orgulloso de mí.

Sin embargo, la liga nunca regresó. Nadie supo dar explicaciones y así, como un fantasma que llega, te ilusiona y te arrebata lo que más quieres, así desapareció para siempre.

Pronto comenzarían las clases, sería mi primer año en secundaria. El niño dejaba de ser niño para asumir responsabilidades mayores, como caminar todos los días un kilómetro y medio hasta la escuela, abrir su mundo más allá de la colonia y salir adelante.

Así se fue el verano de 1975, dulce y amargo, alegre y triste, simplemente como la vida misma.

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